Después de 2008, el discurso regulatorio fue claro: más capital, más liquidez, más supervisión.
Durante años, esa respuesta consolidó una idea tranquilizadora: el sistema bancario era hoy mucho más resiliente que antes de la gran crisis financiera.
Esta puede ser una idea incompleta.
Porque una cosa es que los bancos parezcan más sólidos en superficie. Otra distinta es que el sistema, en su conjunto, conserve suficiente capacidad real de absorción cuando llegue el siguiente shock.
Ahí empieza el problema.
En los últimos años, el riesgo se ha desplazado.
Una parte ha quedado dentro del balance bancario, pero tratada de otra forma. Otra ha migrado hacia fondos, vehículos, crédito privado, repos, derivados y estructuras fuera del perímetro clásico. El resultado es un sistema que puede parecer más seguro en la foto fija y, al mismo tiempo, más complejo, más interdependiente y más dependiente de mecanismos que no siempre se ven bien.
Ese matiz importa.
El BIS lo muestra con claridad al analizar el auge de las synthetic risk transfers (SRTs). Estas operaciones permiten reducir activos ponderados por riesgo y mejorar ratios de capital, pero los préstamos subyacentes siguen en balance y la exposición por apalancamiento no desaparece. Es decir: la imagen regulatoria mejora, pero no todo el riesgo abandona realmente el sistema.
*Lo relevante de que una operación reduzca los activos ponderados por riesgo y mejore el CET1 en términos regulatorios es que ese alivio no siempre se traduce en el mismo margen operativo. Si el banco sigue condicionado por el leverage ratio, la exposición total apenas cambia aunque mejoren los ratios “risk-based”. Y si además debe mantener colchón para MREL y otras exigencias de resolución, parte de ese CET1 deja de ser verdaderamente fungible: sirve para varias capas del marco prudencial a la vez, pero no se puede gastar dos veces. El resultado es una resiliencia más ambigua de lo que sugieren los titulares: mejora la foto del capital, pero no necesariamente la capacidad real de absorber pérdidas, sostener crédito y navegar un cierre del mercado sin fricción. El propio BIS subraya que las SRTs mejoran los ratios basados en riesgo, pero no reducen la leverage exposure porque los préstamos siguen en balance, y que el margen efectivo depende del capital headroom por encima de los requisitos regulatorios.
Eso abre una primera grieta.
Mejora regulatoria y capacidad real de absorción no son lo mismo.
Un banco puede optimizar su ratio de capital y, aun así, seguir expuesto a un problema menos vistoso: que el mercado del que depende para transferir, renovar o sostener parte de esa protección deje de funcionar cuando más lo necesita. El propio BIS apunta al rollover risk y al flowback risk: si los inversores dejan de renovar la cobertura o el alivio de capital se revierte, la capacidad de seguir prestando se estrecha justo cuando el ciclo se gira.

La segunda grieta es más estructural.
Mientras los bancos se endurecían regulatoriamente, el sistema financiero no bancario crecía hasta convertirse en algo mucho más grande que una periferia exótica. El sector NBFI (Intermediarios Financieros no Bancarios por sus siglas en inglés) ya representa una parte enorme del sistema financiero global y, lo más importante, una parte creciente del riesgo, la liquidez y la transmisión del shock pasa ahora por ahí.
Eso cambia el mapa.
Porque los bancos han dejado de asumir riesgo directo para financiar, conectar o asegurar parte de ese ecosistema paralelo. Y eso crea un problema menos visible: la resiliencia bancaria depende del banco y también de la estabilidad de las cadenas de financiación y transferencia de riesgo que lo rodean.
En otras palabras: el sistema se ha vuelto más interdependiente.
Y cuando un sistema se vuelve más interdependiente, deja de ser suficiente mirar los ratios de una sola capa. Hay que mirar también:
quién absorbe la primera pérdida,
quién aporta liquidez,
quién renueva la financiación,
y qué sucede si esa cadena se corta.
Ahí está una parte importante del riesgo actual.
Porque la resiliencia aparente no garantiza elasticidad real.
Y en un sistema cargado además de deuda pública, con costes de financiación más altos y con una parte creciente del riesgo circulando fuera del perímetro bancario tradicional, ese matiz pasa de ser técnico a volverse patrimonial.
Porque cuando llegue el siguiente shock, las preguntas que se está haciendo el mercado:
cuánto capital tienen los bancos;
o si cumplen los mínimos regulatorios.
Quedarán relegadas por preguntas más relevantes:
cuánto de ese capital es realmente utilizable sin bloquear otras restricciones;
cuánto depende la oferta de crédito de mercados privados que pueden secarse;
cuánto riesgo vuelve al banco cuando la supuesta diversificación deja de funcionar;
y cuánto de la resiliencia observada era, en realidad, estabilidad prestada por un entorno todavía benigno.
Ese es el ángulo que conviene mirar ahora.
Porque el sistema entero está perdiendo margen.
La deuda ya no compra tiempo.
La regulación no garantiza flexibilidad.
Y el riesgo ya no vive sólo donde lo mirabas.

Qué conviene vigilar ahora
la dependencia creciente de SRTs y otras formas de alivio regulatorio del capital;
el vínculo entre banca y NBFIs;
cualquier señal de rollover risk, deterioro en private credit o restricciones de liquidez en fondos;
y, sobre todo, la diferencia entre capital aparente y capacidad efectiva de absorción.
La próxima prueba pasará de los libros de contabilidad y será funcional.
Y ahí es donde suele descubrirse qué parecía resiliencia y qué era realmente margen.
— SOM | Sobre el (Nuevo) Orden Monetario
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Así sabré qué capa conviene abrir después.
Fuentes base consultadas
BIS Quarterly Review, marzo de 2026; materiales de estabilidad financiera, BCE y NBFIs utilizados en SOM.
Este contenido tiene una finalidad exclusivamente educativa e informativa. No constituye asesoramiento financiero, recomendación de inversión ni sustituye una evaluación individual de tu situación patrimonial, fiscal, legal o de riesgo.